Érase una vez el sistema visual: 1 – Las últimas prácticas

El artículo de hoy va a ser completamente diferente. Este blog es de divulgación científica, y por tanto el estilo de escritura es descriptivo, directo y y lo más sencillo posible. No es una obra literaria, no es una plataforma para realizar ensayos, relatos o novelas, por lo que nunca he utilizado un estilo narrativo. Hoy va a ser diferente, y en función de la acogida puede que repitamos la experiencia.
Posiblemente los más jóvenes no hayan visto una serie de dibujos animados denominada Érase una vez la vida . Se trataba de una serie divulgativa francesa de la franquicia Érase una vez …). La serie comenzó a emitirse en la televisión de diversos países europeos en 1987, y en España se siguió emitiendo hasta 1996. Eso significa que los que ahora tienen menos de, aproximadamente, 25 años no tuvieron la oportunidad de disfrutarla, a no ser de que consiguieran los vídeos en VHS o los DVDs posteriormente.
Igualmente, por lo que yo sé la serie no llegó a emitirse de forma oficial en América. Y eso es importante tenerlo en cuenta porque las visitas de este blog provienen de España sólo en un 35%. Eso quiere decir que la mayor parte de mis queridos lectores vienen del otro lado del Atlántico. Así que, para los más jóvenes y los compañeros americanos debo explicar un poco esta serie que tan entrañables recuerdos nos dio a los que ya peinamos canas.
A lo largo de veintiséis episodios, los dibujos animados nos explican el funcionamiento del cuerpo humano, de forma divertida y muy didáctica. Era sorprendente el rigor y el grado de “profundidad biológica” que pudieron transmitir a niños. Los protagonistas más recordados probablemente fueron los leucocitos, que luchaban contra las infecciones de bacterias y de virus. Es impresionante cómo eran capaces de explicar por una parte los linfocitos B con los anticuerpos, los linfocitos T citotóxicos (con esa manguera de gas), los polimorfonucleares y los macrófagos (que se comían a las bacterias y los desechos), etc. Pero realmente nos explicaron los aspectos más importantes del cuerpo humano. Desde las moléculas de ADN, las enzimas que cortan y reparan nuestro material genético; al funcionamiento del ojo con los fotones llegando a la retina; o al sistema nervioso con los impulsos corriendo a través de los axones, llevando el mensaje.


Sin duda, ese serie fue una auténtica cantera de médicos y de sanitarios en general. Es posible que la vocación de muchos de nosotros en parte fuera iniciada por esos simpáticos personajes que hacían funcionar nuestro cuerpo por dentro.
Pues bien, siguiendo ese estilo, digamos, infantil pero (espero) entretenido, quiero explicar algunos procesos complejos de neuro-oftalmología (rutas y circuitos del sistema nervioso en relación con el aparato visual). A través de los ojos de unos personajes ficticios que trabajan y hacen funcionar nuestras neuronas, iremos navegando por las rutas cerebrales que gobiernan el movimiento de los ojos.
Es un experimento, porque, como decía al principio, este blog no ha utilizado nunca un estilo narrativo. Hoy tenéis un primer capítulo. Si tiene buena acogida, iré añadiendo el resto de capítulos en sucesivas entradas, y quedará como un relato corto que iré titulando “Érase una vez el sistema visual”, y a continuación el número y el título de cada capítulo.
Espero que os guste, y os agradecería vuestros comentarios tanto aquí en el blog, como por correo electrónico o las redes sociales. Si os resulta interesante, continuaré con el resto de capítulos.
Y ahora, empezamos.

Las últimas prácticas

Ray estaba sentada en una de las dos sillas del pasillo, junto a la puerta del pequeño despacho. Se oían las voces apagadas que venían del otro lado de la puerta. Podía identificar la voz autoritaria y un poco ronca del señor mayor que justo entraba en el despacho cuando Ray estaba llegando por el pasillo. Probablemente sería el jefe de estudios o algún otro “pez gordo”. La otra voz debía ser la de Den, el tutor de prácticas con el que había concertado la cita. El tutor al que debía convencer para que la eligiera a ella.
Estaba un poco nerviosa. Este era el último curso de la carrera de Analista Neuronal, y Ray era una estudiante brillante, probablemente la mejor de su promoción. Su expediente le había permitido elegir lo que para ella eran las mejores rotaciones. Antes de comenzar cada rotación de prácticas, se iniciaba una ronda de entrevistas entre estudiantes y tutores. Los estudiantes con mejor expediente tenían preferencia para comenzar con las entrevistas, y tenían la oportunidad de causar una primera impresión buena. En la medida de lo posible, intentaban elegir a los que serían los mejores tutores: según las conversaciones con los estudiantes de años anteriores, se hacían sus listas de preferencias. Y como los que tenían mejores calificaciones se entrevistaban antes, era habitual que Ray consiguiera a los mejores tutores.
Pero no solo los estudiantes elegían a quien les iba a guiar en el aprendizaje; los tutores también elegían a los estudiantes en función, no solo del expediente, sino de la entrevista. Y el talento de Ray, además de cierto desparpajo en las entrevistas, le había permitido disfrutar de muy buenas rotaciones de prácticas.
Al poco de comenzar la carrera, ya tenía claro que no quería trabajar en el sistema nervioso periférico. La vida en un plexo del aparato digestivo, o en un ganglio simpático tenía su interés, y además era una vida tranquila, sin apenas estrés. Pero tras su primera rotación en la médula espinal, modulando las aferencias sensitivas, se olvidó por completo de cualquier cosa que no fuera sistema nervioso central. Y la médula sólo fue el aperitivo de lo que pasó a ser su objetivo ya desde el segundo curso: debía acabar trabajando en el cerebro, como fuera.
Las sucesivas prácticas que consiguió, a base de mucho esfuerzo y también algo de suerte, podrían considerarse las más difíciles. Pudo ver con sus propios ojos cómo trabajan los analistas neuronales en lo que ella consideraba las mejores áreas. La gestión de la “yo consciente” en la corteza prefrontal requería usos masivos e interconectados de información que había que recopilar de la memoria. El razonamiento analítico y el pensamiento emocional se originaban en esos inmensos despachos, en largas reuniones en donde las motivaciones, la moral y las decisiones voluntarias surgían en lo que globalmente podría llamarse conciencia. En muchos aspectos, ahí estaba el milagro del sistema nervioso, y quizás la mayor aspiración de un aspirante a analista neuronal.
Pero no para Ray. Las cosas ocurren muy lentamente en en el cerebro consciente. Al principio le resultaba fascinante descubrir las innumerables conexiones que deben dominar los analistas neuronales que trabajan en el córtex prefrontal. Pero la diversión se acaba allí. Una vez recopilada la información, los analistas recogen los datos y se reúnen en torno a gigantescas mesas de reuniones, y entonces empieza el debate. Interminables reuniones, conversaciones amigables en general, algún agrio debate de vez en cuando, pero en cualquier caso todas las decisiones se alargaban de forma indefinida. Los escasos milisegundos que duraba la diversión inicial (recopilar datos de la memoria, principalmente) se expandían en centésimas, y a veces décimas de segundo completas, mientras se elaboraba un complejo pensamiento especulativo, que a veces simplemente se descartaba y se volvía a empezar de nuevo.
No, eso no estaba hecho para ella. Ella necesitaba ritmo. La cosa se animó cuando comenzaron sus prácticas en los sistemas de aferencias. La información que llegaba al cerebro a través de los sentidos se procesaba a un ritmo frenético. Se trataba de procesamientos muy complejos, enormemente creativos y diversos, y con un alto nivel de responsabilidad. Una equivocación, malinterpretación o un simple retraso de la información sensorial era peligroso. Ray pudo escoger el lugar donde exigían el perfil más alto de analistas de todo el sistema de aferencias: el lóbulo occipital. Esa inmensa área del cerebro que procesa la información visual.
Aquello era como un milagro. Sin duda, el procesamiento de esa magnitud de información impresionó a Ray más que el pensamiento consciente del lóbulo frontal. Se consideraba una gran estudiante, pero sus conocimientos técnicos y matemáticos se mostraron claramente insuficientes para entender siquiera lo básico de lo que pasaba en esas salas de procesamiento visual. Los analistas se organizaban en filas de mesas, cada uno trabajando en su ordenador en una especie de frenético caos organizado. De alguna manera, todos sabían exactamente qué hacer, y en las grandes pantallas que colgaban del techo desfilaban las fórmulas, gráficas y resultados que iban descifrando el complejo caos que llegaba desde los lejanos nervios ópticos. La información del movimiento, la silueta, y el color llegaban como estímulos visuales por canales diferentes y a distintas velocidades. La información de ambos ojos llegaba por separado a los mismos sitios, a veces dispares, y a veces similares. Cómo de todo ese caos absoluto se generaba una imagen con sentido era una especie de misterio fascinante que Ray apenas empezaba a comprender cuando se le acabó el periodo de prácticas.
Eso fue el curso pasado, y le dejó una impresión muy positiva. Pero todavía no había decidido realmente que quería dedicarse a las aferencias. Este curso, ya el último de la carrera, estaba dedicado al sistema eferente. Las respuestas del cerebro a los estímulos podían ser de muchos tipos, como hormonales o del sistema nervioso autónomo. Pero nuevamente pudo seleccionar lo que le iba a su medida: las respuestas motoras. Tenían los ingredientes que ella quería: creación elaborada pero muy rápida en el córtex, y luego una fascinante y compleja modulación de las órdenes superiores a través de una red cerebral por debajo: ganglios basales, protuberancia, cerebelo … todo a una velocidad de vértigo y con una exactitud que estaba al mismo nivel que el trabajo más refinado de los analistas de aferencias.
En concreto estuvo rotando en la generación de los movimientos de los miembros superiores. Las relaciones con el sistema visual y con el resto del sistema muscular hacían que, sobre todo con los complejos y delicados movimientos de los dedos, estuviera contemplando lo que quizás fuera la obra maestra del sistema eferente.
O quizás no. El sistema motor ocular se generaba en una área cortical separada de la del resto del cuerpo, y poseía un funcionamiento tan radicalmente diferente al resto del sistema muscular que era difícil hacer comparaciones. La asignatura de motricidad ocular siempre había sido una especie de espina clavada para Ray cuando tenía que estudiar la teoría para los exámenes. Aunque siempre aprobó con buena nota, Ray tenía la impresión de que no lo entendía bien. A pesar del escaso número de músculos a coordinar (para cada ojo, tres músculos internos, y siete externos), y las casi nulas relaciones con el resto de movimientos del cuerpo o con patrones memorísticos, existían nada menos que cuatro centros superiores de control motor visual. El cerebro en su conjunto dedicaba una incomprensible cantidad de recursos en forma de áreas corticales a los distintos movimientos de los ojos. En conjunto, estas áreas que coordinaban 20 músculos ocupaban unos recursos neuronales casi equivalentes a los del resto de músculos voluntarios del cuerpo, más de 600. No tenía sentido para Ray. Y sin embargo así era, por lo que debía haber algo que se le escapaba.
El resto de lo que le quedaba de carrera, su última rotación de prácticas, la iba a invertir en resolver el enigma, y para eso necesitaba al que, según tenía entendido, era el mejor tutor del sistema motor ocular: Den.
Por eso estaba nerviosa. Quería tener la posibilidad de aprender en las complejas y hasta cierto punto misteriosas áreas de la motilidad visual, posiblemente uno de los departamentos más complejos del cerebro. Y además aspiraba a estar con uno de los tutores más demandados. Ray tenía un buen expediente, pero posiblemente no fuera suficiente. En esos centros corticales debía ocurrir algo especial, algo diferente que no ocurría en ningún otro sitio del cerebro, y sin duda buscaban a analistas neuronales especiales, algo en el carácter del estudiante que los hicieran aptos, no sólo un buen expediente.
Todos sabían que las rotaciones de prácticas servían por una parte para completar la formación de lo futuros analistas neuronales, pero también para “captar talentos”. Los propios tutores se encargaban de facilitar los puestos más solicitados a los mejores estudiantes. Por eso era tan importante, y en especial en el último curso de la carrera, conseguir las mejores rotaciones con los mejores tutores. De alguna manera un poco absurda, Ray pensaba que su prometedora carrera de estudiante había servido específicamente para permitirle estar ahí, en ese momento. Le daba la oportunidad de tener esta entrevista, pero que todo dependía de lo que pasara en los próximos minutos. Todos los esfuerzos de la carrera estarían bien invertidos o desaprovechados en función de lo que pasara allí y en ese momento.
Los pensamientos de Ray se vieron bruscamente interrumpidos cuando se abrió la puerta. Del despacho salió andando alguien de cierta edad que ni se dignó a mirar a Ray, mientras se alejaba por el pasillo. “Un pez gordo, seguro”, se dijo Ray a sí misma, recordando la altanería de los burócratas durante la carrera.

– Tú debes ser Ray – ella se volvió sobresaltada al oír su nombre, y vio la cara de un hombre joven que se asomaba sonriente a través del marco de la puerta -. Pasa, por favor, soy Den. Perdona por haberte hecho esperar. Ya sabes que cuando desde arriba quieren algo, no tienen mucha consideración con la agenda de los demás.
– Hola señor … – tras un breve momento de pánico, Ray recuperó rápidamente la compostura y se levantó.
– Por favor, llámame Den. Pasa … – el tutor era más joven de lo que Ray esperaba. Con la buena reputación que precedía a Den, había supuesto que era un hombre más maduro. De alguna manera, ese aspecto juvenil y su sonrisa sincera contribuyó bastante a calmar los nervios de la estudiante.

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2 thoughts on “Érase una vez el sistema visual: 1 – Las últimas prácticas

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