Luz azul y ritmo circadiano (I)

By | 30 agosto, 2015

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Plausibilidad: Llamada de forma general plausibilidad científica, y en el ámbito que nos ocupa plausibilidad biológica. Si una hipótesis es coherente con lo que conocemos del funcionamiento del sistema, tejido u órgano que estamos estudiando; si por sí misma explica hechos y datos previos, esa hipótesis será probablemente cierta. No la aceptamos todavía, quedamos a la espera de evidencias más directas, más definitivas. Pero merece que hablemos de esta hipótesis, que la consideremos. Y merece la pena invertir en estudios para obtener la evidencia científica. Y al contrario también funciona: si sometemos una hipótesis un “escrutinio científico o biológico” y contradice o bien datos previos relacionados o bien hechos científicos más básicos, ese hipótesis es inverosímil. Antes de considerarla siquiera, debemos explicar las contradicciones, las incoherencias que genera. Cuando más básicos y sólidos son los principios científicos que contradice, menos verosímil es, y menos tiempo debemos gastar en considerarla siquiera.

Por lo tanto, a partir de ahora y en futuros artículos, no solo nos centraremos en la evidencia científica concreta del tratamiento que estemos considerando. Le daremos importancia a la plausibilidad biológica de lo que se afirme. Un tratamiento o una hipótesis fisiológica que carece de pruebas científicas directas merece un voto de confianza o un margen de tiempo si es plausible. Pero si además de no tener evidencia científica es inverosímil, incoherente desde el punto de vista científico, debemos rechazarla sin más consideraciones.

Mecanismos biológicos existentes pero irrelevantes

Antes de entrar en materia, debemos hacer una última consideración. Se trata de una forma en la que funciona nuestro cuerpo humano en general, pero en especial nuestro sistema nervioso y órganos relacionados. Se trata de un concepto hasta cierto punto anti-intuitivo, así que requiere una explicación previa.

Partamos de lo básico: nuestro cuerpo humano es fruto de la evolución, no estamos diseñados. Es evidente que parece que estamos diseñados: nuestros órganos y sistemas están tan especializados, tan bien adaptados para sus funciones, cumplen tan bien su cometido, que es tentador pensar que hay una mano inteligente detrás que ha ideado, preparado y puesto nuestros sistemas ahí. Podemos hacer paralelismos simples entre órganos y funcionamientos de nuestro cuerpo y máquinas que están diseñadas por seres humanos. Es tentador pensar los ojos existen porque alguien ha decidido intencionalmente crearlos para que podamos ver. Es tentador pensar que somos un producto acabado, final. Y sin embargo, nuestra asombrosa adaptación, el refinamiento de nuestros órganos y tejidos y su funcionamiento deben dar las gracias a millones de años de selección natural, que permite que las interacciones de nuestro cuerpo con su entorno ha seleccionado las mejores variables.

Como no estamos diseñados, como no hay una idea directa de cómo debía ser un ser humano (y lo mismo con cualquier ser vivo complejo), nuestro organismo es un compendio heredado de innumerables mecanismos y estructuras que tuvieron su papel en algún momento de la historia evolutiva de nuestros ancestros. De todos estos atributos heredados, sólo una pequeña parte se manifiesta en la actualidad. Y de las estructuras y mecanismos que son visibles o funcionantes, muchos no tienen o no demuestran un papel relevante o significativo. Así tenemos tejidos vestigiales como el pliegue semilunar (el tercer párpado de reptiles y aves) o el cóxis (lo que fue la cola de nuestros ancestros primates).

Esto es especialmente patente en nuestro sistema nervioso. Existen multitud de circuitos neurológicos y respuestas reflejas de orígenes diversos presentes en nuestro evolucionado sistema; muchas veces se trata de rutas antiguas heredadas de animales con cerebros menos complejos, y con necesidades neurológicas radicalmente diferentes. Todos esas conexiones nerviosas permanecen ahí porque las hemos heredado, y son las áreas más nuevas y más recientes del cerebro las que muchas veces bloquean los reflejos más primitivos para que no se manifiesten cuando no conviene. Ya sé que suena extraño, pero funcionamos así.

Un buen ejemplo es el reflejo de succión: está presente y tiene su función en el lactante: permite al bebé alimentarse de forma refleja y automática.

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Nuestros labios y boca obtienen la leche en un momento de desarrollo en el que nuestro cerebro no está suficientemente desarrollado como para elaborar una respuesta compleja para buscar sustento. Conforme maduramos, ese reflejo ya no se manifiesta. Nuestro consciente tiene control total de los labios, de forma que el movimiento voluntario no se interrumpe si notamos algo en contacto contra el labio. Sin embargo, aunque el reflejo no se manifiesta, no ha desaparecido. El circuito neurológico está ahí, pero está bloqueado. En ciertas enfermedades neurológicas que afectan a las funciones superiores de nuestro cerebro puede volver a aparecer el reflejo de succión, no importa la edad que tengamos.

Además de la existencia de un reflejo y un bloqueo desde un área superior, también tenemos los casos de mecanismos opuestos: se manifestará uno u otro según las circunstancias. Un ejemplo es el reflejo vestíbulo-ocular o reflejo en ojos de muñeca. Es un reflejo complejo y que estamos utilizando continuamente, que estabiliza la imagen en nuestros ojos compensando los movimientos de la cabeza. Si estamos mirando algo y movemos la cabeza a la izquierda, para no perder de vista lo que miramos, los ojos giran a la derecha.

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Es nuestro “estabilizador de imagen”, un potente sistema que nos permite tener una imagen de buena calidad sin necesidad de estar absolutamente inmóviles. Pero hay otro mecanismo de movimiento ocular igualmente importante, que es el sistema de búsqueda visual ampliado: cuando queremos mirar un objeto de nuestro campo visual lo suficientemente distante, además de girar los ojos hacia esa dirección, movemos el cuello para poder fijarnos cómodamente. Aunque no nos lo parezca, ese movimiento a priori voluntario (dirigimos la mirada porque nuestro consciente lo decide así), la construcción es en buena parte involuntaria: hay unos centros neurológicos que calculan la distancia angular y deciden si es suficiente solo moviendo los ojos, o bien debemos ayudarnos del cuello. Si es este segundo caso, moveremos el cuello. Y probablemente apenas seamos conscientes de ello, porque la decisión no ha sido de nuestro consciente. Si por ejemplo hay algo a nuestra izquierda que llame nuestra atención, giraremos los ojos y el cuello a la izquierda. Pero aquí habría un problema: el reflejo vestibulo-ocular induciría un movimiento ocular contrario: si el cuello va a la izquierda, los ojos deben ir a la derecha. Y sin embargo no ocurre, porque aunque el reflejo vestibulo-ocular se inicia en el oído (que es el que detecta el cambio de posición de la cabeza), en el cerebro se bloquea.

Con estos dos ejemplos nos hacemos a la idea de que es habitual que diferentes mecanismos que afectan a una misma función interactúen entre sí: a veces son redundantes, otras son contradictorios. Existen mecanismos neurológicos contrarios que se bloquean unos a otros, reflejos arcaicos que están siempre bloqueados por áreas superiores del cerebro, y rutas presentes pero de efectos irrelevantes. Aunque pueda parecer un caos, así funcionamos por dentro.

Por lo tanto, si una investigación encuentra una ruta que conecta un estímulo con una función, no quiere decir que esa ruta tenga una función significativa. Puede estar bloqueada, o puede tener un efecto irrelevante. Pudo tener un papel decisivo en un ancestro lejano nuestro, y ahí ha permanecido, pero en la actualidad estímulos o vías más evolucionadas han sustituido o desplazado la conexión más arcaica.

Cuando en el próximo artículo hablemos de la conexión entre la vía visual y el ciclo sueño/vigilia, puede que nos cueste entender que la conexión puede existir y no ser relevante. Porque, si no fuera importante, ¿por qué iba a estar esa ruta? ¿Por qué hay un mecanismo en el que la luz azul, sin pasar por la corteza cerebral, llega a las áreas del ritmo circadiano de la vigilia, y luego no tiene utilidad?. ¿Qué sentido tiene poner esa conexión si luego es básicamente inservible?. No tiene sentido si somos una máquina diseñada, pero somos el producto de la evolución. Tenemos muchos ejemplos en nuestro cerebro de rutas primitivas, de importancia clave en otros animales, pero poco relevantes en nuestro cerebro. Lo mismo que no necesitamos el reflejo de succión si hemos aprendido a comer. Por lo tanto, demostrar una conexión entre dos sistemas (la luz azul y el ciclo sueño/vigilia, sin pasar por la corteza cerebral) no basta; tenemos que establecer que ese circuito es predominante o por lo menos relevante. Muchos animales inferiores carecen de una corteza cerebral evolucionada como la nuestra, y efectivamente tienen un ciclo sueño/vigilia que está condicionado por factores físicos, como la luz. Nosotros hemos heredado esas regulaciones “simples”, pero tenemos una corteza cerebral, con funciones neurológicas superiores, que también están conectadas a nuestro ciclo sueño/vigilia. ¿Qué sistema es el predominante, el arcaico o el moderno?

Continuará …

Este artículo de introducción al final ha quedado muy largo, y eso que todavía no hemos entrado en materia. Pero creo que hemos sentado las bases para poder entender mejor lo que explicaremos las próximas semanas.

¡No te pierdas los próximos artículos!

13 thoughts on “Luz azul y ritmo circadiano (I)

  1. Arturo

    Buenas tardes:

    Sigo con mucho interés vuestros artículos, siempre me han parecido muy completos y rigurosos.
    En esta ocasión, sin embargo, me tomo la libertad de publicar un comentario, ya que disiento del contenido.

    Soy astrofísico de formación, y en 2013 tuve la ocasión de asistir al XIII Simposio Europeo para la Protección del Cielo Nocturno, en el que se trató el tema de la luz azul y sus efectos biológicos en gran profundidad.

    http://www.cielooscuro.es/

    Tanto los organizadores como los asistentes eran científicos con excelentes CV académicos y profesionales, y el material que compartieron incluía abundantes estudios sobre el tema mencionado. Estudios científicos, diseñados y ejecutados por científicos. Os animo a que echéis un vistazo y quizás a publicar vuestra postura en Ocularis después de hacerlo, si os parece apropiado.

    En cualquier caso, enhorabuena y muchas gracias por vuestro trabajo. Un cordial saludo.

    Reply
    1. Ocularis Post author

      Este primer artículo es solo una declaración de intenciones, el grueso de la argumentación viene en el segundo artículo, que te enlazo aquí:
      http://ocularis.es/blog/luz-azul-y-ritmo-circadiano-ii/
      He recibido varios comentarios y correos en la línea del que me mandas: información científica que parece apoyar firmemente lo de bloquear la luz azul antes de dormir. En el post que te enlazo he intentado explicar con la suficiente claridad cómo está la investigación médica en este contexto, espero que sirva para acercar posturas.

      Un saludo.

      Reply
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