Prevención del pterigium

Del pterigium hemos hablado en un artículo antiguo. Se trata de una enfermedad relativamente frecuente, y consiste en un crecimiento de un tejido nuevo a partir de la conjuntiva (la “tela elástica” semitransparente que recubre la parte blanca del ojo). Este tejido nuevo, rico en vasos sanguíneos, prolifera desde la conjuntiva próxima a la córnea, y al crecer invade ésta. Se suele situar en en el plano horizontal: si la córnea fuera un reloj, el pterigium suele invadir desde el meridiano de las 3h o de las 9h. Como expliqué en el artículo enlazado, se relaciona con la luz solar. También cabe resaltar que, más importante que los factores ambientales, se relaciona con la etnia.

 

Especulación vs demostración

A pesar de que desde hace años hay indicios de que la luz solar se relaciona con el pterigium, no apunté que una forma de prevenirlo fuera protegerse con gafas de sol. De hecho, escribí un artículo de esa misma época, del 2008, sobre si debemos protegernos del sol. En esta entrada repasaba algunos conceptos esenciales sobre la aplicación de la investigación científica a la realidad clínica. Aplicado al tema que nos ocupa: que tengamos indicios de que el sol está implicado en la aparición del pterigium no quiere decir que el uso de gafas de sol prevenga la enfermedad. Sí, suena lógico, sería “de sentido común”. Veamos cómo esta línea de pensamiento, que parece muy “científica” es errónea.

Lo que se sabía entonces sobre el pterigium es que hay datos objetivos para ver esa asociación entre la exposición solar y el pterigium. Y que probablemente esa asociación fuera, hasta cierto punto, causal. Pero son eso, indicios. Sospechas fundadas. Pero no sabemos hasta qué punto, en qué medida el sol causa o contribuye el desarrollo del pterigium. Y cómo se interrelaciona con otros factores. La raza es un rasgo mucho más importante, y también la susceptibilidad individual. El que no tiene predisposición para desarrollar el problema, no tendrá pterigium, da igual que acumule muchas horas de exposición al sol a lo largo de muchos años. Y el que tiene gran predisposición, tendrá pterigium aunque su estilo de vida no le exponga mucho al sol. La mayor parte de las personas mayores que se han expuesto mucho al sol durante toda su vida (han trabajado en el campo, por ejemplo), por supuesto sin utilizar gafas de sol, no tienen pterigium. Y muchos de los que tienen, tienen formas pequeñas, atróficas, que no progresan, y que no hay que operar. También hay casos que sí, que padecen un pterigium agresivo que hay que eliminar. Pero son los menos: a una exposición solar y edad similares, pocos son los que padecen formas avanzadas. Tenemos el caso contrario: personas jóvenes que viven en ciudad, sin actividades que impliquen gran exposición solar, y con pterigium avanzado. Como decía, la raza juega un papel esencial, sobre todo cuando vemos estas formas agresivas en gente joven. En la realidad clínica se ve claramente lo que por otra parte ya se evidencian en los estudios de prevalencia: la etnia y la susceptibilidad individual es más relevante.  Al que le toca, le toca. Eso no niega que en estos casos de susceptibilidad debamos buscar algún factor ambiental implicado.

Pero este factor ambiental (exposición solar) interacciona con los factores propios del individuo de forma que desconocemos. ¿Puede ser que una exposición indirecta y leve, pero mantenida a lo largo de los años sea suficiente? En este caso, reducir parcialmente la exposición solar con gafas oscuras no será útil. Por otra parte, ¿qué tipo de radiación es la que está implicada? Porque el sol abarca casi todo el espectro electromagnético. Si las gafas de sol no bloquean la parte del espectro que produce el pterigium, no será una medida eficaz. Demasiados interrogantes. Debemos darnos cuenta que realmente no conocemos bien los mecanismos de por qué se produce la enfermedad, y solo conocemos una parte de los factores causantes. Tenemos un conocimiento superficial y “externo” de la enfermedad. En consecuencia, no podemos hacer deducciones fundadas sobre prevención.

El afirmar que las gafas de sol van a prevenir el pterigium sólo porque hay indicios de la relación de éste con el sol, es especular. Da igual que nos suene bien, porque la ciencia no ha demostrado eso. Es, digamos, “un salto al vacío”.

Entonces, ¿qué haría falta para que la ciencia pueda afirmar que las gafas de sol previenen el pterigium? Pues precisamente eso: datos concretos de que el uso de estos filtros bajan la incidencia de la enfermedad. Eso, en el 2008 no lo teníamos. Por lo tanto no estaba demostrado, y lo demás era especulación. Así lo comenté en los artículos de aquella época.

Y la ciencia avanza

Diez años después. Marzo de 2018, y nos encontramos un artículo interesante sobre el tema. Es una revisión bibliográfica de lo que sabemos sobre las causas y las posibles formas de prevenir el pterigium. Se han acumulado datos más concretos y sólidos de lo que ya sabíamos antes: sí, el sol es un factor causante, y concretamente más de 5 horas diarias. En muy probable relación con la exposición solar, son factores de riesgo vivir en áreas rurales y las actividades al aire libre.

También encontramos que factores como consumo de tóxicos (alcohol, tabaco), el sexo y la edad son elementos de riesgo o protectores. Pero lo que nos ocupa hoy: el uso de gafas de sol sí cumple un factor protector. Hasta la fecha y por lo que yo sé, es el primer metaanálisis que contiene pruebas de suficiente peso para poder afirmar que sí, que las gafas de sol pueden proteger del pterigium. Esto ya no sería especulación, sería “demostración”. Lo entrecomillo porque, como todo en ciencia y medicina, son verdades revisables. Pero tenemos un grado de certeza suficiente para recomendar en base a criterios sólidos (de forma “científica”, si lo queremos decir así) el uso de gafas de sol en aquellas personas susceptibles.

Esto solo vale para el pterigium

Los resultados de esta revisión bibliográfica no deberían ser una sorpresa para nadie. La relación entre el sol y el pterigium se conoce desde hace mucho tiempo. Ojeando libros de oftalmología de hace cuatro décadas, ya se menciona el tema.

¿Si ahora se aconseja el uso de gafas de sol para esta enfermedad, servirá para otras enfermedades que “se dicen” que también las causa el sol?. No. Otros problemas más frecuentes como las cataratas, o más graves como la degeneración macular, “se dicen” que tienen relación con el sol. Pero no es cierto, no es una relación establecida, así que no es de esperar que se demuestre que las gafas de sol sirve para estas otras enfermedades. Sería muy complicado de explicar, si con tantos estudios clínicos y epidemiológicos en degeneración macular, por ejemplo, no vemos asociación con la exposición solar, que la protección con gafas oscuras vaya a servir de algo.

Conclusiones

Es fantástico ver cómo la ciencia avanza, y cómo este blog ya es “añejo”, con artículos que ya podemos considerar antiguos (¡una década!), y que van quedando desfasados gracias a que sabemos más cosas. Ya he modificado el artículo que he mencionado sobre si protegernos del sol con una actualización al pie, de forma que el que los lea ahora no se quede con información que ya es incorrecta.

¿Qué mensaje deberíamos quedarnos hoy? ¿Todo el mundo a usar gafas de sol? ¿Pánico irracional a la gran epidemia de pterigium si somos tan insensatos de salir a la calle sin gafas de sol?. Evidentemente, no. Si nuestra etnia (*) tiene una prevalencia baja de pterigium, si estamos en una región relativamente alejada del ecuador, si no realizamos muchas actividades al aire libre, no deberíamos preocuparnos por el tema.

Si estos factores que he mencionado sí que están presentes, y sobre todo si ya tenemos un pterigium inicial, o la lesión previa al pterigium (la pinguécula), debemos plantearnos el uso de gafas de sol.

Es importante el sentido común y no caer en simplificaciones absurdas. La luz del sol en sí misma no es mala. Es un elemento omnipresente de la naturaleza, que forma parte de nuestra herencia evolutiva y de nuestra realidad diaria. En la piel, un exceso produce cáncer y hay que protegernos, demasiado poco puede reducir la vitamina D y alterar los huesos. Pues con el sol en los ojos es lo mismo. En personas predispuestas al pterigium, ante exposiciones solares intensas y mantenidas, tiene sentido protegernos con las gafas de sol. Pero cuidado con los niños: es fácil ponerse paranoicos y poner a nuestros hijos unas gafas de sol constantemente, pensando que nuestro hijo tiene los ojos delicados. Gran error: la luz solar cumple una labor esencial en el desarrollo ocular, y se sabe que una falta de ésta favorece la miopía. Los ojos de los niños no son delicados, ni aunque tengan los iris claros. Si a un niño le molesta la luz, se le puede proteger con una gorra o un sombrero. Y sí, también con gafas de sol. Pero las gafas de sol, usadas de forma excesiva, además de que podría contribuir a la miopía como decíamos antes, empobrecen la experiencia cromática: nos “roba colorido” en un ojo que está “aprendiendo a ver”.

Tengamos sentido común. La luz solar no es un un elemento dañino que debamos evitar. Es un elemento que interactúa con nosotros y debe hacerlo. Una exposición intensa, y en casos concretos, puede producir problemas y tiene sentido protegernos. Una protección excesiva también es perjudicial. Todo en su justa medida.

 


(*) Los caucásicos tienen una prevalencia relativamente baja en comparación con la población nativa de América.

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