La ilusión del movimiento

El tema que nos toca resulta un poco difícil de afrontar. Se trata de hablar de “la ilusión del movimiento”: cómo una serie de imágenes fijas, como son los fotogramas de una película de cine, puede simular una situación de movimiento real. Cómo al ver una película nos parece que las cosas se mueven, mientras que no hay ningún objeto desplazándose realmente por la pantalla del cine. Digo que me resulta difícil afrontar el tema porque mi punto de vista está bastante alejado del que puedan tener mis queridos lectores. Porque mientras que algunos os preguntaréis cómo funciona este “engaño”, este truco visual, yo me pregunto cómo podría ser que no funcionara, ya que para mí no hay truco. Nos parece ver movimiento, porque realmente hay movimiento.

Veamos las teorías clásicas ….

Todavía se pueden leer en muchos sitios los fundamentos en los que se creía que se basaba el cine. Dan mucha importancia al tema de los fotogramas (frames) por segundo. Cada fotograma es una imagen fija que al aparecer en la pantalla, llega nuestra retina. Aunque un fotograma puede aparecer y desaparecer de forma instantánea en la pantalla, los receptores de nuestro ojo quedan “impresionados” por esta luz más tiempo, y antes de que desaparezca la impresión luminosa ya nos ha llegado el siguiente fotograma. De esta forma no vemos una “pausa” de imágenes entre un fotograma y otro.
Una vez encontramos la velocidad de fotogramas que es superior a la velocidad de “captación” de nuestro ojo, ya lo hemos arreglado.

… y ahora las desmontamos

Me sorprende que todavía tengan tanta difusión estas teorías. Estamos asumiendo que el ojo es una cámara que capta imágenes fijas, que va haciendo capturas de imagen, y manda estas “capturas fijas”, la información fotograma a fotograma, al cerebro. Luego, el cerebro compara los diferentes fotogramas entre sí, y así va interpretando el movimiento.

Nada más lejos de la realidad.
Nuestro ojo no es una cámara, ni va captando imágenes paso a paso. Los diferentes receptores de la retina van recibiendo y transmitiendo de forma independiente entre sí, a distintas velocidades. Además, no mandan por el nervio óptico la información “punto a punto”, hay diferentes redes neuronales que van mandando la información en paralelo y por vías diferentes. Una red se ocupa de la localización “grosera” del objeto, otra del color, otra del perfilado fino, …. y otra del movimiento. Esta información, medio interpretada y fragmentada, sólo se reúne en la parte final del circuito. Y sí, comenzamos a “captar” la imagen en el propio ojo: hay neuronas en el ojo que sólo se estimulan, no cuando un punto de luz impresiona una parte de la retina, sino cuando un objeto se acerca o se aleja con respecto a esa zona de la retina. Y además, es sensible al ángulo de inclinación de un estímulo luminoso.
Y como decía, cada sistema lleva su velocidad de transmisión al cerebro. Cuando apenas tenemos tiempo de ver un objeto, podríamos decir la localización en nuestro campo visual (“había algo arriba y a la izquierda”) y una idea de su tamaño y velocidad (“era grande y se movía rápido hacia abajo”), y puede que no sepamos su color o su forma.

¿Es una ilusión?

Volviendo al asunto del principio, a veces cuando leemos las teorías del “truco” del cine, nos venden la moto desde el principio con conceptos equivocados. Nos dicen que como lo que vemos en el cine representa algo que no es real , se trata de una ilusión y engañamos a nuestro ojo. Yo no lo veo así.
Pondremos un ejemplo más fácil. Una fotografía, ¿es una ilusión?. La persona de la fotografía no está realmente, estamos engañando a nuestro ojo, ¿o no?. Realmente no, el ojo es una herramienta que nos permite explorar el exterior mediante la luz que le llega. Y la información visual que llega de esa fotografía representa muy bien la realidad: tenemos una imagen visual muy similar a la que tendríamos si esa persona fotografiada estuviera delante. La imagen es plana, más pequeña y falta el resto de la persona, pero lo que vemos está ahí. En ciertos aspectos, la fotografía llega a ser indistinguible. Y eso es real. Una ilusión sería un truco óptico que nos hiciera percibir movimiento donde no lo hay, un color diferente donde es igual, etc.
Con el movimiento pasa lo mismo. Nuestros ojos no nos informan de objetos reales sino sólo de la luz que llega a nuestros ojos. No son “máquinas de la verdad”: llega información visual, y nuestro cerebro le da una interpretación. Un movimiento es un estímulo visual que se mueve delante nuestro, no se trata de un objeto real que efectivamente se esté moviendo físicamente. Y que un estímulo visual se mueva significa que a lo largo del tiempo va localizándose en posiciones diferentes, y es lo suficientemente semejante en este tiempo como para considerarlo el mismo estímulo.

Para explicar esto último voy a poner un ejemplo. Estamos viendo desde el otro lado de una verja un partido de baloncesto, y observamos un pase largo, cómo el balón se desplaza de un lado a otro del campo. Resulta además que una parte del campo está bien iluminada por el sol, y y la otra está a la sombra de un edificio.
En este ejemplo está claro que no hay ilusión ninguna: vemos el balón moverse porque efectivamente se está desplazando por el aire. Sin embargo, el estímulo visual que estamos recibiendo dista mucho de ser un movimiento continuo de lo que debería ser exactamente el mismo estímulo visual. Como hay una verja delante, mientras seguimos con la mirada el balón, las barras de la verja interrumpen un poco la visión de la trayectoria del balón. Aparte de eso, dado que parpadeamos cada pocos segundos, va coincidiendo que “perdemos trayectoria” cada vez que cerramos los ojos. Y ni siquiera somos conscientes de ese parpadeo. De hecho, si llevamos un rato viendo el partido con la verja delante, ni nos damos cuenta de las barras se nos van cruzando al seguir trayectorias; no nos da la impresión de ver el movimiento “en pedacitos”. Por otra parte, aunque entendemos que el balón es el mismo según va desplazándose en la cancha, a nuestros ojos no llega realmente la misma imagen. Cuando está en la parte del campo que está poco iluminada, lo veremos de un color naranja oscuro, y cuando le da el sol, será naranja claro. Además, según la trayectoria y nuestra posición, la pelota será visualmente más grande cuando está más cerca de nosotros.
Movimiento discontinuo, objeto que varía en tamaño y color, ….. no estamos viendo un movimiento continuo de un objeto que es exactamente el mismo. Va a saltos (la verja se nos cruza) y no es la misma imagen (balón de diferente color y tamaño). Esto parece una ilusión: ¿cómo funciona la ilusión del mundo real?. Bueno, tiene que funcionar porque nuestro sistema visual (tanto los sistemas propiamente oculares del movimiento como la interpretación cerebral posterior) está totalmente adaptada a representarnos nuestro entorno, y este entorno no son imágenes fijas ni objetos que aparecen y desaparecen porque sí. La realidad natural es coherente, y sigue unas leyes físicas básicas que nuestro sistema visual conoce. Nuestra información visual es básicamente movimiento, y somos capaces de calcular movimiento y velocidad casi instantáneamente, sin apenas información. Es lógico que interpretemos movimiento incluso aunque no veamos todo el recorrido de éste (cuando parpadeamos tampoco vemos el recorrido de un desplazamiento en el mundo real). Y no necesitamos que físicamente un cuerpo se desplace, recordemos que el ojo no es un radar: trabaja con estímulos visuales, no elementos físicos. Si algo es capaz de hacer que un elemento visual se mueva, eso es “ópticamente” un movimiento, no una ilusión de movimiento.
En el entorno natural, los objetos no aparecen y desaparecen. Si algo redondo y naranja que parece un balón desaparece por un lado de la barra y un momento después, un objeto que también parece un balón (incluso aunque su color cambie un poco) aparece al otro lado de la barra, nuestro sistema visual nos informa de que es el mismo objeto que se ha movido, aunque cambie un poco de color y no lo hallamos visto moverse detrás de la barra.
Si en una pantalla de cine tenemos un estímulo visual, e inmediatamente después ese estímulo (o uno muy parecido, que en cuando a información visual no se diferencie) está en una posición algo diferente, interpretamos que se ha movido. Pero no hay ilusión. Es que se ha movido. ¿Que el objeto real no está ahí?. Bueno, en la fotografía tampoco. Pero que esa imagen se mueve, es cierto.

Hagamos las preguntas correctas

La pregunta adecuada no es cómo es que nuestro sistema visual interpreta ese movimiento, ya que lo busca. Supongo que muchos de mis queridos lectores han jugado de pequeños con esos pequeños libros que tenían un dibujo en la esquina de cada hoja, que variaba lentamente de una página a otra. Cuando deslizabas las esquinas de las hojas rápidamente, el dibujo “mágicamente” se movía, y ya tenemos el movimiento. Aunque fuéramos torpes con los dedos y pasáramos lentamente las páginas, es fácil “ver” el movimiento porque nuestro ojo está acostumbrado a realizar estos seguimientos, aunque tengamos interrupciones. Además del parpadeo, hay interrupciones casi constantes en nuestro sistema visual, producidas por los movimientos sacádicos. De ellos hablaré otro día más extensamente; hoy simplemente señalaremos que estamos continuamente produciendo estos movimientos, que se produce una inhibición de la información visual y ni siquiera somos conscientes de ello. Nos da la impresión de que hemos tenido una imagen continua. Así que, incluso cuando delante nuestro haya un objeto real que esté mandando información visual continua, nuestro ojo no la recibe ni la manda continua al cerebro. Y nuestro cerebro, con el movimiento “troceado”, lo interpreta como continuo.
Por lo tanto, nuestra interpretación del movimiento siempre consiste en interpretar los “pedacitos” que nos llegan, y lo hacemos muy bien. Cuando es un sistema artificial el que nos ofrece el movimiento, efectivamente estará en una serie de imágenes fijas, discontinuas, pero nuestro ojo, ni necesita imágenes continuas, ni muchas veces es capaz de enviar información “continua”.
Por lo tanto, la pregunta no es cómo nos las arreglamos para “ver” movimiento en el cine, es muy fácil. Lo hacemos incluso en sistemas mucho más imperfectos como el juego del libro.

No, la pregunta es cuánto de seguidos tienen que ser los fotogramas para que no nos demos cuenta de que es algo artificial (una película). Haciendo la similitud con la fotografía, sería estudiar la resolución de una fotografía para que no notemos los pixeles. Lógicamente reconoceremos la foto a poca definición que tenga, pero para que no pudiéramos confundirlo con algo real a primera vista porque no veamos los pixeles, existiría una resolución límite. Y no hay una forma exacta para poner ese límite: depende de lo que represente esa foto: para un color muy homogéneo y sin siluetas ni líneas, no necesitamos mucha resolución de imagen.
Con el movimiento pasa lo mismo: si el objeto casi no se mueve, con pocos fotogramas por segundo sería suficiente. Si hay movimientos muy rápidos, aunque sigamos el movimiento a la perfección (nos lo “creemos”, podemos seguir el objeto y es una animación coherente), podemos llegar a darnos cuenta que “faltan imágenes intermedias”. Además, variaría de unas personas a otras, influye bastante la iluminación, y otros factores.

10 Comments

  1. Juan D.
    11 diciembre, 2008

    Todavía hoy en la universidad, en clase de cine, nos insisten en el efecto “estroboscópico” y en el “principio de persistencia retineana” cinematográfico, todo definido acorde a los planteamientos clásicos de que hablas. Bueno, esta gente es historiadora del cine, y la explicación resulta llana y asequible para introducir a los alumnos en materia sin perder demasiado tiempo. Por otra parte, la descomposición en frames de la naturaleza es algo puramente intelectual que ya intuyó Zenón de Elea en sus populares paradojas: “si una flecha disparada ha de estar parada un instante en cada lugar por el que pase, estará permanentemente en reposo, y por tanto el movimiento es una ilusión”. Lógicamente, esto son juegos intelectuales sin validez práctica.

    Creo que entiendo lo que quieres decir. Para averiguarlo, intentaré decirlo con mis palabras: que la imagen en nuestro ojos no se actualiza en base a barridos constantes y rapidísimos de imágenes unitarias e independientes, sino que hay varios vectores de actuación que rastrean distintos tipos de información con un ritmo independiente. Los estímulos, más que recibirse en cortinas verticales, se reciben en varios caudales de información paralelos, y sólo después serán unificados intelectualmente.

    En el fondo, lo que la teoría clásica quiere destacar al decir “persistencia retiniana” es que algo prevalece, que algo se suma a lo anterior, que no se evapora. Por eso, al seguir a un gorrión con la vista por la hierba del parque, aunque cambie de forma, de posición, de iluminación… no me olvido de que es el mismo gorrión. Pero no es una tarea meramente retineana, sino intelectual; el fenómeno se reconoce a través de aplicarle las categorías de tiempo, espacio y causalidad al bruto visual (como dirían en filosofía). Un ejemplo parecido al tuyo: estando en un bar el otro día, me fijé en que la pared estaba toda animada de pequeñas aberturas que daban a la calle. A través de ellas podía ver una pequeña porción de la calle, pero algo muy puntual, aislado, que no me daba la idea general del espacio de la calle. Apenas me levanté para ir al servicio, mirando a esa pared, me di cuenta de que con el movimiento iba recibiendo frenéticamente imágenes salpicadas de la calle, motivadas por el veloz cambio de posición de los ajugeritos. En resumidas cuentas, tenía la sensación de estar percibiendo perfectamente el espacio de la calle, a través de la suma de las múltiples imágenes salpicadas. Tenía mucho parecido con una experiencia estroboscópica, pero ello era mera consecuencia del sistema de representación (la malla de la pared). Se trataba, más bien, de una visión sintética construida por la adición de estímulos en paralelo y con diferentes ritmos.

    El problema, entiendo yo, es que la descripción que se hace del objeto el cine, que ciertamente tiene su origen técnico en fotogramas fijos, se usa para describir una cualidad del sujeto espectador. El sistema cinematográfico suplanta, por un error comprensible, el sistema perceptivo humano. No en vano, históricamente los sistemas de representación se han confundido con el hecho en sí de ver, y éste último se ha descrito en los mismo términos. El mundo medieval concibe la visión a través de rayos de luz que emite el propio sujeto, que es quien inaugura el mundo, ya que su sistema de representación no hace una valoración positiva de los estímulos sensoriales; luego, la aparición de la cámara oscura condiciona el desarrollo de la perspectiva lineal y, en consecuencia, de la óptica cartesiana; hoy, el mundo de las imágenes en retícula, los bitmaps, hacen creer a algunos que la retina tiende una malla de casillas independientes sobre la realidas visual. Todo esto me parece una consecuencia lógica: es difícil hacer una reflexión acerca del funcionamiento del ojo al margen de nuestros sistemas de representación. En una discoteca, con esa luz intermitente que ponen a veces, es difícil no creer que vemos en frames.

    Decimos: el impresionismo crea la ilusión de un paisaje a base de minúsculas pinceladas que, vistas de cerca, revelan que sólo son pinceladas. Dirías tú: “¿y cómo podría ser de otro modo? Nos parece ver un paisaje porque realmente hay un paisaje”. Y es cierto, desde un punto de vista práctico lo que el ojo capta es realmente un paisaje, pues lo capta literalmente en los mismos términos y a través de la misma mecánica que un paisaje al natural. Pero a mí me sigue pareciendo que hablar de ilusión está justificado. La cuestión es que tanto el paisaje al natural como el de la fotografía no son otra cosa que “representación”, un hecho intelectualizado a través de la herramienta visual y, desde ese momento, el referente real (la cosa en sí) es irrelevante.

    Perdona que cada vez que entro aquí me marque estas parrafadas. Sólo quería recomendarte para terminar un libro: se trata e “Arte e Ilusión”, de Ernst Gombrich, que está publicado en Debate. Hablando de ilusiones, propone un ejemplo singular para ilustrar la forma en que adaptamos nuestra percepción no tanto a en base a lo que “vemos” como a lo que “sabemos” (es decir, el intelecto, el sistema de representación): cuando nos miramos a un espejo damos por hecho que nuestra cabeza reflejada es tan grande como la nuestra. Sin embargo, si al salir de la ducha, con el vapor, tratamos de siluetear nuestra imagen en el espejo, veremos lo pequeñísima que es ésta. En fin, se trata de un libro serio de un historiador muy reputado. No trata sobre oftalmología, pero sí sobre psicología de la percepción, y me da la impresión de que podría resultarte interesante.

    Saludos.

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  2. Ocularis
    13 diciembre, 2008

    Hola Juan:

    Creo que entiendo lo que quieres decir. Para averiguarlo, intentaré decirlo con mis palabras: que la imagen en nuestro ojos no se actualiza en base a barridos constantes y rapidísimos de imágenes unitarias e independientes, sino que hay varios vectores de actuación que rastrean distintos tipos de información con un ritmo independiente. Los estímulos, más que recibirse en cortinas verticales, se reciben en varios caudales de información paralelos, y sólo después serán unificados intelectualmente.

    Es una buena forma de explicarlo, sí.

    En el fondo, lo que la teoría clásica quiere destacar al decir “persistencia retiniana” es que algo prevalece, que algo se suma a lo anterior, que no se evapora. Por eso, al seguir a un gorrión con la vista por la hierba del parque, aunque cambie de forma, de posición, de iluminación… no me olvido de que es el mismo gorrión. Pero no es una tarea meramente retineana, sino intelectual; el fenómeno se reconoce a través de aplicarle las categorías de tiempo, espacio y causalidad al bruto visual (como dirían en filosofía).

    Todas esas teorías de persistencia retiniana, y buena parte de las consideraciones filosóficas que se han hecho en este terreno, se basan en simplificaciones demasiado groseras. De hecho, en el artículo no he querido profundizar en el tema de la percepción del movimiento porque es ciertamente complejo. Pero te voy a poner un ejemplo fácil para que veas que seguir con el tema de “persistencia retiniana” o suponer que es una tarea intelectual, no tiene mucho sentido.
    Vemos un estímulo visual que pasa por nuestro campo visual. Da igual que se origine en un objeto real o en la pantalla de cine. Si no queremos fijar nuestra atención, sólo tendremos una idea aproximada de sus cualidades visuales (forma, color, tamaño y movimiento). Pero si nos interesa de verdad, lo fijaremos. Eso significa que haremos un rápido movimiento ocular (sacádico) para “capturar el objeto”. Así tendremos una idea clara de su forma, color y tamaño, ya que ahora el objeto cae en el centro de nuestro campo visual, que corresponde a la fóvea, la zona de retina que más definición de imagen nos da. También tenemos una idea más clara de su movimiento, podemos estimar mejor su velocidad, si acelera, o cambia de trayectoria, etc. Pero ¿cómo estimamos ese movimiento?. Decíamos que el objeto ha aparecido por una parte de nuestro campo visual, y que tras un rápido movimiento, lo hemos colocado en el centro de nuestro campo. Ahora se proyecta en nuestra fóvea. Conforme el objeto se mueve, nuestros ojos lo siguen, de forma que lo seguimos mirando con atención. Con lo cual, pasa el tiempo y el objeto sigue proyectado en nuestra fóvea. ¡Para nuestra retina, el objeto está inmóvil!. Con lo cual, toda esa teoría de que la imagen persiste en la retina de un fotograma a otro, y al llegar el siguiente fotograma interpretamos el cambio de posición retiniana como movimiento, se desmorona.
    Entonces, ¿quién nos da la información del movimiento?. El reflejo de captura movimiento y de seguimiento son totalmente involuntarios, el seguimiento se va ajustando sin que participe el consciente. De hecho, acontece siempre antes de que percibamos los cambios. Y son los mecanismos de seguimiento los que informan al consciente. El objeto se mueve a la velocidad con la que movemos los ojos. Partiendo de la velocidad angular del ojo, y del esquema tridimensional que el cerebro hace del entorno (que también es involuntario y previo a nuestra consciencia), estimamos la velocidad lineal del objeto. Y los procesos finales de toda esta circuitería ocurren en el cerebro, pero no es un proceso intelectual. No somos conscientes de la velocidad de nuestro ojo, nos “viene dada”.

    Decimos: el impresionismo crea la ilusión de un paisaje a base de minúsculas pinceladas que, vistas de cerca, revelan que sólo son pinceladas. Dirías tú: “¿y cómo podría ser de otro modo? Nos parece ver un paisaje porque realmente hay un paisaje”. Y es cierto, desde un punto de vista práctico lo que el ojo capta es realmente un paisaje, pues lo capta literalmente en los mismos términos y a través de la misma mecánica que un paisaje al natural. Pero a mí me sigue pareciendo que hablar de ilusión está justificado. La cuestión es que tanto el paisaje al natural como el de la fotografía no son otra cosa que “representación”, un hecho intelectualizado a través de la herramienta visual y, desde ese momento, el referente real (la cosa en sí) es irrelevante.

    El mérito del impresionismo, precisamente, es que entiende bastante bien cómo acontece el fenómeno visual. Aunque de esto se podría hablar largo y tendido, “el impresionismo visto por un oftalmólogo” podría dar para una larga serie de artículos, que ahora no me veo con fuerzas para afrontar. Se podría hablar tanto ….. bien es cierto que dar explicaciones científicas a lo que nos parece inexplicable genialidad, puede que no le guste a la gente.
    Volviendo al tema, para mí sigue sin ser una ilusión, encontrar similitudes y patrones se nos da muy bien. Sería tanta ilusión como una fotografía o un emoticono. También es cierto que mi concepto de ilusión está bastante marcado por su definición médica.

    Perdona que cada vez que entro aquí me marque estas parrafadas. Sólo quería recomendarte para terminar un libro: se trata e “Arte e Ilusión”, de Ernst Gombrich, que está publicado en Debate. Hablando de ilusiones, propone un ejemplo singular para ilustrar la forma en que adaptamos nuestra percepción no tanto a en base a lo que “vemos” como a lo que “sabemos” (es decir, el intelecto, el sistema de representación): cuando nos miramos a un espejo damos por hecho que nuestra cabeza reflejada es tan grande como la nuestra. Sin embargo, si al salir de la ducha, con el vapor, tratamos de siluetear nuestra imagen en el espejo, veremos lo pequeñísima que es ésta. En fin, se trata de un libro serio de un historiador muy reputado. No trata sobre oftalmología, pero sí sobre psicología de la percepción, y me da la impresión de que podría resultarte interesante.

    Claro, al salir de la ducha vemos la imagen de nosotros mismos en el contexto de alrededor, nuestro tamaño va acorde con el de la ducha, la altura del techo, etc. La cabeza tiene un tamaño acorde y coherente con lo de alrededor, de tamaño normal. Efectivamente, nos parece que la representación es a tamaño natural. Y así es: en la matriz tridimensional que realiza nuestro sistema visual, ya ha calculado distancias y convertido “tamaños angulares” en “tamaños lineales”. Efectivamente, el tamaño “final” (el que se crea mentalmente) es de tamaño natural. Sin embargo, el tamaño que queda a medio camino (en el espejo) es más pequeño. Pero no creo que se deba a lo que “sabemos”, está claro que sigue siendo lo que “vemos”. Para mí no es psicología, es neurooftalmología. Los circuitos de formación de imagen, a este nivel de cálculo de distancias y movimientos, son automáticos e inconscientes.

    Un cordial saludo.

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  3. Juan D.
    14 diciembre, 2008

    Gracias por tu amplia respuesta. Yo reconozco que me he salido un poco del tema al usar el sentido de “ilusión” que se usa para el arte tradicional (el que ha aspirado a “imitar” la naturaleza) y todo ese mundo filosófico que pretende establecer una dicotomía entre original y representación. Tengo el vicio de escorar la discusión al terreno de lo que he leído algo, ya que de medicina no podría aportarte nada en absoluto. En todo caso, parece que tienes aprecio por el arte, luego espero no parecer impertinente.

    Sobre el impresionismo, igual ya lo sabes, te diré que la técnica era varios siglos anterior, y sus efectos ópticos ya conocidos y valorados frente a la pintura “amarrada”, que era la de los cuadros de perfecto y acharolado acabado. Pero suele decirse que los impresionistas, a través de un procedimiento más intuitivo que científico, intentaban describir el bruto sensible de la visión, la forma de la luz en un instante puntual, antes que esa supuesta verdad platónica y persistente del neoclasicismo. Hay un caso paradójico, que es el de Monet, quien al operarse sus cataratas descubrió colores distintos a los que había pintado, lo que lo llevó, según dicen, a destruir muchos de sus cuadros. Entendería Monet que había fracasado al describir la luz “objetivamente”; sin embargo, después de lo hablado en este hilo, quizá debería decirse que la había descrito perfectamente.

    Bueno, te animo a escribir esos artículos algún día.
    Un saludo.

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  4. Ocularis
    16 diciembre, 2008

    Sí, lo de Monet me lo explicaron hace unos años en una visita al Thyssen. Era muy interesante lo del “viraje cromático” hacia los granates y ocres con la catarata 🙂

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  5. Harris
    22 diciembre, 2008

    El otro día, mirando un monitor LCD antiguo me di cuenta de una cosa curiosa.
    Si lo mantenía en el centro del campo visual se veía con normalidad. Sinembargo, en la periferia del campo visual, es decir, mirándolo “con el rabillo del ojo” era capaz de distinguir el retrazo vertical de la imagen (o e refresco como lo llaman algunos), de forma que se veía algo parecido a cuando se filma un monitor de tv u ordenador y las frecuencias de refesco no están sincronizadas.

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  6. Ocularis
    23 diciembre, 2008

    Eso sería una variante del efecto estroboscópico, y la retina periférica es más sensible a esos “parpadeos”.
    Un saludo.

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  7. luigi
    9 enero, 2009

    Hola, Ocularis. Querría intervenir en este artículo con un comentario ya que fui yo quien te lo propuso, dada la contradicción que hay entre lo que sale en la wikipedia y el concepto clásico de persistencia de la imagen en la retina, con el que hemos crecido los cinéfilos. La verdad es como siempre tus palabras son muy diáfanas y aclaran muchos conceptos, a pesar de no ser fáciles, pues cómo tú bien dices en un comentario los conceptos manejados entran en el campo de la neuroftalmogía, y añado yo, que entenderlo supone tener claros muchos ideas previas. Tres puntos me gustaría señalar al respecto:

    a)En tu respuesta a Juan haces una diferencia muy marcada entre lo que es intelectual y lo que es cerebral. Aunque supongo que el quid de la cuestión está ahí, para el profano, que es mi caso, no resulta fácil ver la diferencia, entre otras cosas, porque parecería que en ambos casos se trata de actos de los que somos inconscientes, que se producen de forma automática, no voluntaria, lo que tendería aparentemente a igualarlos, me atrevo a sugerir; ¿podrías poner un ejemplo donde esa diferencia se percibiera muy claramente o decir algo al respecto?

    b)En esa misma respuesta, cuando hablas de movimiento, al poner un ejemplo, lo contemplas como un desplazamiento del objeto observado, que interesa mantener en la fóvea y que fuerza al movimiento ocular, ¿significa esto que el movimiento que no implique desplazamiento del objeto, como puede ser mover la boca al hablar, por ejemplo, se entiende que tiene otra naturaleza? ¿que se podría entender como un cambio constante de forma y nada más?

    c) A este propósito, cuando hablas de seguir al objeto desplazante, el objeto capturado, como tan gráficamente dices, sólo te refieres al ojo, yo querría añadir, a mayor abundamiento, que en cierto modo el sistema músculo-esquelético, en especial el cuello y el tronco, está ideado en función de esa captura, es decir, que cuando queremos capturar una imagen moviente en nuestra fóvea, o queremos localizar algo, todo el sistema corporal se implica, y allá donde no se llegue con las diferentes contracciones y estiramientos de los músculos extraoculares, estará el cuello y sus músculos, y si no el tronco, o mejor dicho, habrá un funcionamiento coordinado, del cual también somos inconscientes; de hecho, tengo entendido, corrígeme si me equivoco, que cuando se contrae un músculo extraocular, otro músculo en el cuello se contrae en su auxilio.

    Saludos y gracias por tu esfuerzo.

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  8. Ocularis
    11 enero, 2009

    Hola Luigi

    a) Diferenciar entre lo intelectual y lo puramente cerebral a veces no es fácil. Hay muchos procesos complejos que participan de lo uno y de lo otros. Lo que defino como puramente cerebral es totalmente inconsciente, voluntario, y no participa para nada el aprendizaje, la voluntad o la memoria. Es un acto reflejo. Puede ser complejo y elaborado, pero totalmente estereotipado y predecible. Sería como cuando el médico golpea el tendón de la rodilla con un pequeño martillo. Simplemente la respuesta se elabora en el cerebro. En el caso de la ducha y del tamaño de los objetos, nuestra corteza visual hace un cálculo automático de distancias y tamaños. Antes de que el consciente reciba la información visual para interpretarla, el cerebro le ofrece un producto bastante elaborado. No una imagen estática plana, sino un esquema tridimensional. Digamos que lo puramente cerebral no nos informa de qué es lo que vemos, pero sí dónde están y qué tamaño tienen los elementos que vemos.
    La parte intelectual o cognoscitiva, que ya está bastante en relación con el consciente, se encarga de darle sentido a lo que vemos. Hay una serie de objetos con unas propiedades (tamaño, posición, distancia, movimiento, color, forma, etc), y tenemos que identificarlos y darles “un sentido”. De ahí que recurramos a nuestra memoria (tratamos de encontrar patrones similares), cierto grado de unidad (si vemos lo que parece una persona, esperamos que la cabeza esté arriba y los pies abajo, por ejemplo). Aquí estamos interpretando, aportando nuestro aprendizaje y cierto grado de especulación a la información visual (con muchos datos pero todavía caótica) para finalmente obtener una impresión visual uniforme que sea entendida por el consciente.
    Por poner un ejemplo, podemos mirar las fotografías de este artículo sobre las ilusiones ópticas. En la primera imagen estamos confundiendo a la parte cognoscitiva del sistema visual. Los elementos (trazos negros y huecos blancos) no dan lugar a error, pero la interpretación es ambigua: puede ser el rostro de una anciana o una mujer joven con la cara vuelta. La parte intelectual no encuentra un patrón único que concuerde con lo que vemos, podemos interpretarlo de dos maneras diferentes. Por lo tanto, podemos “ver” dos imágenes con los mismos elementos. Pero una persona con un entorno cultural radicalmente al nuestro no podría ver lo mismo que nosotros. El abrigo de la joven o la pluma del sombrero no podrían ser interpretados como tal si nos faltan esos recuerdos.
    Ahora nos podemos fijar en la cuarta ilustración, la imagen animada de círculos violetas que van desapareciendo. Esta ilusión me gusta mucho. Se compone de una parte exclusivamente retiniana. por la que los círculos violetas van desapareciendo, y “aparece” un círculo verde. Si lo hacemos bien y no apartamos la mirada de la cruz central, al rato los círculos violetas ya no están y un círculo verde se mueve en círculo. Esto sí es una auténtica ilusión de movimiento, porque no hay objeto verde alguno que cambie de posición. Y esta interpretación de movimiento es puramente cerebral. No es una interpretación que dependa de lo intelectual o lo cultural. Cualquier ser humano, tenga la formación o cultura que tenga, verá la misma ilusión.

    b) Para simplificar las cosas, he estudiado el movimiento como un objeto único y aislado que se desplaza. Pero simplemente es un cambio de posición de un estímulo visual que puede ser identificado de un fenómeno visual al siguiente. Si nos centramos en el objeto que se mueve, podemos diferenciar entre un desplazamiento en el espacio (una pelota que va por el aire) o un cambio sin desplazamiento (el ejemplo tuyo de una boca al hablar). Pero para el ojo las cosas no se interpretan inicialmente así. Nosotros recibimos estímulos visuales. Todavía no estamos interpretando qué es lo que vemos (que sería la parte intelectual: qué es una pelota y qué es una persona). Ahora estamos aislando los diferentes fenómenos visuales, y calculando su posición y movimiento. Una pelota cambia de posición e interpretamos que se mueve (porque se desplaza en nuestro campo visual o porque la estamos siguiendo y entonces son nuestros ojos los que se mueven). Una boca se mueve y se desplaza en nuestro campo visual. O si tenemos fijada la mandíbula, nuestros ojos se mueven con ella. La mandíbula se desplaza para nuestro ojo.

    c) Efectivamente, en el sistema visual están implicados no sólo los músculos extraoculares, sino los del cuello. Y aquí hay mucha neurooftalmología porque existen muchas vías reflejas opuestas.
    Me explico: tenemos un sistema reflejo muy antiguo, que intenta “estabilizar la imagen” y mantener centrados los ojos al frente a pesar de los movimientos de la cabeza. Así, cuando giramos nuestro cuello hacia un lado, se desencadena un movimiento ocular contrario. Si giramos el cuello a la izquierda, los ojos van a la derecha para que sigamos mirando al frente. Este reflejo es tan primitivo que permanece en pacientes en coma, es una de las pruebas que se realizan.
    Por otra parte, si un estímulo lateral (auditivo o visual) reclama bruscamente nuestra atención, se desencadena una respuesta refleja y simultánea. Los ojos y la cabeza se giran en ese sentido. También es un reflejo, pero originado en estructuras cerebrales superiores, de aparición más tardía en el sistema evolutivo. Para que funcione, deben anular el primer reflejo.
    En fin, este es sólo un ejemplo, habría mucho de que hablar de todos los sistemas musculares implicados en el sistema visual. Poca gente sabe que el cerebro dedica considerablamente más territorio de cortex al movimiento ocular y relacionado que al del resto del cuerpo. Podríamos dedicarle muchos artículos, pero creo que aburriría a la gente.

    Un cordial saludo.

    Responder
  9. Nagore
    20 marzo, 2009

    Buenas,
    Tengo una pequeña curiosidad, aunque no sé si esta entrada será el lugar más adecuado para exponer mi duda. La cuestión es si podemos tener alguna percepción de movimiento, y de luz, con los ojos cerrados. Me explico, si estamos en un vehiculo con los ojos cerrados,(y no somos quien conduce)y vamos adormecidos, por ejemplo, contra la ventanilla, y vamos pasando por zonas sucesivas de luz y sombra, puede ser el caso de una zona de árboles, tenemos impresión de movimiento de sombras y luces? Los párpados puden dejar pasar algo de luz, o no quedan “hermeticamente cerrados”? Por otra parte, no se hasta que punto una persona puede reconocer el concorno de un objeto que le tapa la luz, pero con los ojos cerrados, claro.
    Saludos.

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  10. Ocularis
    22 marzo, 2009

    Sí, los párpados no son totalmente opacos y dejan pasar la luz, si ésta es intensa. Es muy fácil hacer la prueba con la mano. En un día soleado, si orientamos la cara hacia el sol y cerramos los ojos, entra cierta claridad a través de los párpados. Lo podemos comprobar si ponemos la mano delante de nuestros ojos: inmediatamente se oscurece la “imagen”. Incluso podemos adivinar el movimiento de la mano de un lado al otro.
    Un saludo.

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