Degeneración macular y peste

El contenido de esta entrada viene directamente de un artículo publicado este mismo mes de octubre en la revista Ophthalmology, una carta al editor escrita por el Dr. Robert L. Avery. El título original es “The Plague and Macular Degeneration”.

Hago esta salvedad porque habitualmente en las entradas de este blog no suelo hacer referencias tan directas a publicaciones, ya que lo que explico suele ser una adaptación de conocimientos básicos  de oftalmología, o bien con amplio consenso. Hoy sin embargo se trata de una reflexión concreta que hace otro oftalmólogo, y me parece correcto dar las referencias pertinentes. De todas formas, no voy a hacer una traducción literal (entre otras cosas, puede resultar muy técnica) sino que explicaré con mis palabras los puntos más relevantes. Hechas las aclaraciones, vamos al tema.

Ventajas evolutivas asociadas a enfermedades

Existen una serie de enfermedades hereditarias, cuya causa por tanto está en los genes, cuya prevalencia es sorprendentemente alta. Digo que es sorprendente porque si la enfermedad produce suficientes prejuicios, es razonable pensar que a lo largo de los siglos de la historia de la humanidad la propia selección natural haya impedido a estos individuos enfermos reproducirse con el mismo éxito que el resto de la población. Por lo tanto, con el paso de los siglos, deberíamos esperar que estos genes vayan disminuyendo en la población. Esta regla general no se cumple en algunos casos porque estas diferencias genéticas, aparte de la probabilidad de enfermar o transmitir una enfermedad a nuestros hijos, nos aporta un cambio en el funcionamiento del cuerpo que produce ventajas evolutivas.
Siguiendo los ejemplos que indican en el artículo original, tenemos que la anemia de células falciformes protegen contra el paludismo, y los genes de la fibrosis quística protegen contra la fiebre tifoidea.

Degeneración macular asociada a la edad

De esta enfermedad ya he hablado en un artículo previo, aunque no he explicado en profundidad los detalles. Es una enfermedad degenerativa compleja donde influyen factores inmunes. Sin poder denominarla realmente “enfermedad autoinmune”, nuestras propias defensas juegan un papel en la degeneración del tejido retiniano. Entre estos factores inmunes está el complemento, que son una serie de proteínas capaces de defendernos de bacterias “marcándolas” para que sean destruidas por anticuerpos o leucocitos.

La Peste

¿Y qué tiene que ver todo esto con la Peste?. La Peste Negra hace referencia a una pandemia que sufrió principalmente Europa en 1348. Casi con total seguridad, el agente causal es una bacteria denominada Yersinia Pestis, que acabó con una buena parte de la población europea en el siglo XIV, pero también podría haber causado una pandemia igualmente devastadora en el siglo IV, y ser responsable de otras epidemias en diferentes épocas. La respuesta a la enfermedad no era igual para todos: de quienes se infectaban, unos morían y otros no, y esa gran variabilidad entre individuos no se debía tanto al estado de salud o de nutrición del sujeto sino a la capacidad individual de defenderse frente a ella. Se postula que uno de los factores que podían marcar la diferencia entre la vida y la muerta de un infectado por la peste es la diferencia genética en una proteína del complemento.

¿Cómo es esto?. Todos tenemos las diferentes proteínas que constituyen el complemento, que funcionan de manera similar. Pero no todas las proteínas son exactamente iguales en todos los individuos. Hay pequeñas diferencias, mutaciones, que no alteran el funcionamiento general. Estas diferentes proteínas interactúan con las bacterias, y dependiendo de la composición concreta pueden realizar interacciones más fuertes o más débiles. Esto se traduce en que para una bacteria en concreto, las diferentes variaciones de proteínas del complemento marcan una respuesta inmune más o menos eficaz. Por lo tanto, estas sutiles diferencias genéticas cambian nuestra respuesta a la enfermedad.

Hay fuertes indicios de que esto ocurre así para una bacteria que se ha estudiado bastante, el Streptococcus pyogenes.  Concretamente, el factor del complemento H se une a la superficie de este estreptococo, y esta unión protege a la bacteria de la acción del complemento (el factor H es un modulador que frena a la parte “agresiva” del complemento). Así, una mutación en el gen del factor H, concretamente el Y402H, puede afectar a la unión. Si no se une bien la bacteria al factor H, sufre el ataque del complemento, de forma que nos defendemos mejor contra este germen.

Bien, pues aunque no hay tantos estudios para la Yersinia pestis, sabemos que una proteína de la Yersinia también se une al factor H, exactamente en el mismo sitio que el estreptococo (el dominio 7). Por lo tanto, es razonable pensar que la mutación que decíamos antes (el alotipo Y402H), también protegería contra la peste. El hecho de las zonas geográficas más devastadas históricamente por la Peste tengan mayor presencia de este Y402H apoya la hipótesis.

¿Relacionadas por la genética?

Decíamos al principio que en el desarrollo de la degeneración macular asociada a la edad, influye el complemento. Al igual que cuando hablamos de infecciones bacterianas, los diferentes tipos de proteínas del complemento cambian la respuesta inmune (en este caso, contra nuestra retina). Se han relacionado diferentes genes del complemento con el riesgo de aparición de la enfermedad, concretamente el polimorfismo Y402H conlleva mayor riesgo.

Vemos que es mismo gen que posiblemente “proteja” contra la peste. Además hay indicios demográficos: la prevalencia de degeneración macular y de esta mutación es mayor en Europa que en otros lugares como Japón o Corea, en donde la peste apenas afectó a la población.

Por lo tanto, una hipótesis muy razonable, y hasta cierto punto soportada por la evidencia científica, es que las diferentes pandemias de peste hicieron una presión evolutiva favoreciendo a unos genes concretos de nuestro sistema defensivo. Al morir los que no tenían estos genes, fueron los portadores de estos genes protectores los que repoblaron Europa con su descendencia. Así, en la población de Europa se expresaron mucho más estos genes. A su vez, estos genes predisponen a la degeneración macular asociada a la edad, enfermedad que adquiere relevancia ahora con la mayor esperanza de vida, pero que por su aparición tardía no tiene importancia desde el punto de vista evolutivo.

Si bien estos temas son principalmente genéticos y evolutivos, me parecen fascinantes, y pueden dar explicación a diversos hechos, como que los europeos padezcamos más degeneración macular que los asiáticos. Y no deja de ser curioso como los entresijos bioquímicos de nuestra fisiología pueden relacionar las grandes epidemias de la historia de la humanidad con una enfermedad ocular tan moderna.

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